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Federico
Guzmán. Insideout: el jardí del cambalache |
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La
terraza de la Fundació Tàpies habitualmente sirve
para
descansar un rato de la intensidad a la que nos tiene acostumbrados
la institución. La terraza, por su propia idiosincrasia un
espacio exterior que sin embargo no es público
no puede dedicarse a la realización de una
programación
como la de un “Projet room” al uso. De
ahí la idoneidad
del proyecto que Federico Guzmán ha desarrollado
allí.
En primer lugar porque esa terraza no ha dejado de ser lo que
básicamente es, un lugar de descanso, es más
Federico
Guzmán ha subrayado esa función: libros, dibujos,
ordenadores, vídeo y sillas en las que repasar relajadamente
sus propuestas. Y sobretodo un jardín que es, en realidad,
un
huerto. Ese huerto destacaba la condición social o de
sociabilidad que el proyecto quería tener. Su
producción,
plantas alimenticias, aromáticas y medicinales, era ofrecida
a
los espectadores por medio del trueque. Los objetos obtenidos forman
parte de una especie de colección intercambiable que junto
con
grandes dibujos y fotografías también se
expusieron.
Insideout: el jardí del cambalache pone en marcha estrictamente lo que el título enuncia. Relaciona el interior del museo con el exterior porque hace de él un lugar de intercambio, de sociabilidad y de intervención del espectador, intentando recuperar el potencial comunicativo del arte o, como mínimo, del espacio en el que se muestra el arte, en línea con lo que Nicolas Bourriaud ha denominado “estética relacional”. Y lo hace fundamentalmente a través del “cambalache”. El “cambalache” o el trueque, tal y como ha escrito Montse Badía, funciona como “un comentario al ritmo implacable del capitalismo y como exploración de las fisuras del sistema”, porque frente a él opone un modelo de mundo que sería más habitable si las relaciones comerciales estuviesen basadas en la necesidad, la comunicación y el entendimiento entre las personas: es un modelo naif e imposible dadas las actuales circunstancias. Pero precisamente su imposiblidad es la que hace del trueque no tanto un modelo quimérico como un verdadero comentario malintencionado y crítico sobre el capitalismo tardío.
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