La tendencia a definir el momento actual en arte en términos de diversidad, de falta de líneas fuertes o de lo que, hasta fechas recientes, habíamos denominado vanguardias, es un argumento recurrente en la crítica y comisariado de arte. Ese supuesto estado de diversidad ha acarreado, entre otros efectos colaterales, la aparición de exposiciones que tematizan la creación contemporánea, bien sea recogiendo a diversos artistas bajo la excusa de un tema (lo social, lo natural, la ciudad...), bien sea en un caso extremo bajo una división lingüística y de medios (vídeo-arte, dibujo, fotografía, nueva figuración...). En última instancia esa diversidad de la producción actual y su tematización provocarían una tranquilizante pérdida de criterio: frente a la diversidad no hay criterio ni trincheras.
Sin embargo, el escenario no es ni tan abierto ni tan ajeno a las fronteras. Afortunadamente sucede al contrario. Algunas de las últimas manifestaciones artísticas potentes han tenido, al menos, la virtud de resituar tendencias. La última edición de la Bienal de Venecia y la Documenta 12 en Kassel han supuesto por vías distintas la alineación en un retorno formalista. La primera, por un decidido retorno al formalismo americano reformulado en clave contemporánea, devolviendo la bienal a una narrativa histórica y museológica más allá de una voluntad prospectiva, utilizando referentes como Susan Rothenberg, Sigmar Polke o Robert Ryman y reclamando el carácter experiencial y sensitivo del arte en el título, “Piensa con los sentidos. Siente con la mente”. El segundo, de manera más cínica, en una suerte de experimento que deliberadamente dejaba que las obras hablasen por si mismas, renunciando a cualquier apoyo teórico. Ese dejar a las obras que se expresen por si mismas se corresponde con uno de los puntales de la crítica formalista y la supuesta autonomía de la obra de arte abierta a la interpretación y cerrada al despliegue teórico. Ambas cierran distintas líneas de demarcación frente a la crítica al formalismo y la recuperación de términos como teatralidad: objetivos que un museo como el Macba se ha propuesto subrayar programáticamente.
Así la situación actual no se correspondería tanto a la de un estado de diversidad, como a un estado de convivencia y, por tanto, de discusión.
Frente a estas alineaciones he defendido desde hace años la reivindicación del arte como espacio crítico. Frente a retornos formalistas, tematización del arte o su uso utilitarista en términos sociales y políticos muchas prácticas artísticas contemporáneas hunden sus raíces en las referencias dadadistas, en la concepción del arte como un espacio crítico y político. Es decir, que según mi punto de vista los términos de discusión pasan por una reivindicación del arte en la que la noción de “cultura crítica” es un pleonasmo, en la que el ejercicio de un pensamiento crítico es el único lugar desde el que es abordable cualquier práctica cultural. Todo ello implica la recuperación de la palabras como intensidad y radicalidad, entendida como ir a las raíces, llegar hasta el fondo y actuar con rigor discursivo.
A pesar de los sofisticados mecanismos desactivadores de la sociedad actual frente a cualquier actividad crítica en cultura y en arte, insisto en la necesidad de reactivar el espacio del arte como un espacio crítico. De hecho, esas limitaciones y la conciencia de cierta incapacidad para una eficacia crítica desde el arte forman parte de los intereses que ha desarrollado Rafel G. Bianchi, al mismo tiempo que ha utilizado el universo infantil mofarse de elementos que articulan la sociedad actual. Tanto su caso, como en el de Antonio Ortega cuestionando nociones como bondad y generosidad o preguntándose por el papel del artista a través de su alter-ego (Yola Berrocal), en el de Guy Richard Smit mofándose de los medios, lo porno, el amor o la escena artística, o en el del tándem David Bestué y Marc Vives en sus clasificaciones y recuperación irónica de iconos culturales, ese espacio crítico viene marcado por el uso de herramientas como el sentido del humor, el sarcasmo y un pensamiento a la contra
Como no podía ser de otra forma mi selección para los Solo Projects 2008 en ARCO está condicionada por las líneas que marcan mi posición frente a la situación actual del arte contemporáneo y por afinidades personales e ideológicas con los artistas seleccionados. Antonio Ortega y Rafel G. Bianchi pertenecen a la misma generación de artistas de Barcelona en la que a las fuentes conceptuales de las generaciones anteriores han unido fuertes dosis de sentido del humor. Generacionalmente más jóvenes David Bestué y Marc Vives pertenecen al mismo contexto de trabajo desarrollado en Barcelona en los últimos años. Finalmente, he incluido a Guy Richard Smit en varias propuestas, especialmente en “No, Future” (Bloomberg-Space, Londres, 2007) en la que el carácter irreverente de “Nausea 2” formaba uno de los núcleos argumentales de la exposición.

