DAVID G. TORRES

¿Qué será de nosotros?

en Bonart, núm. 148, febrero 2012

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Que la educación es una cuestión fundamental para el desarrollo de la sociedad y el individuo es algo en lo que todos estamos de acuerdo. En el terreno del arte contemporáneo desarrollar programas formativos, enfatizar la educación, ha sido una prioridad. Conscientes de los déficits de la universidad se ha producido un desarrollo creciente de los cursos, talleres, postgrados y másters. En este contexto, sino una prioridad, sí pioneros, han sido los cursos dirigidos a jóvenes artistas. Desde la QUAM hasta los cursos de Hangar, los talleres para recién licenciados han venido a cubrir el défict que se intuye que la universidad no cubre: un inicio hacia la profesionalidad. Ese era el sentir de la QUAM cuando Florenci Guntín calificaba su programa como una Escola Invisible, y está aún más claro en los cursos de Hangar decididamente orientados a dar herramientas de cara a la profesionalización. Efectivamente, los nuevos artistas y agentes del arte son mucho más profesionales que antes. El mundo del arte también se ha hecho más profesional, con canales y estrategias claras y útiles que van más allá del valor de lo que se dice o se tiene que decir. En fin, un artista ya sabe hacer un dossier y como moverlo, también sabe los nombres y los lugares. Y ¿ahora qué?

Tal vez el éxito, tal vez el desierto, tal vez las dos cosas. ¿Y después qué? El reconocimiento o el olvido o las dos cosas.

La juventud es indiscutiblemente es uno de los valores más destacados en nuestra sociedad: basta hacer un poco de zapping en la televisión, revisar la cartelera de cine o ver a quien va dirigida la mayor parte de la publicidad. La experiencia, la edad y sus desventajas están excluidas: incluso las jubilaciones corren peligro. El tiempo es cruel y pasa factura: lo que hoy parece un éxito indiscutible, pasa de moda, y se olvida. La crisis acrecienta situaciones desafortunadas. Y la edad significa enfermedad y dificultades que se agrandan si la situación económica global se agrava, si no se ha contado con ello, si el estado del bienestar desaparece. Otros profesionales de la cultura, como los actores lo saben bien, y por eso ya hace años crearon la Casa del Actor donde encuentran acogida aquellos actores en dificultades por edad y enfermedad que han caído en el olvido. Y en el terreno del arte en Estados Unidos algunas fundaciones han creado programas similares para artistas. Algunos se basan en un mecanismo sencillo: se alimentan de obras en donación de los propios artistas que aseguran un fondo económico y así, en el caso de que las cosas se tuerzan, una posibilidad de supervivencia. Es un error creer que las carreras profesionales sólo siguen un ritmo ascendente, también se cae. Evitar el olvido con revisiones sobre los trabajos es importante, también lo sería aligerar otros posibles daños, menos heroicos, más físicos y pragmáticos: la enfermedad, la decrepitud, la falta de asistencia o la soledad ¿Para cuándo la Casa del Artista?


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