DAVID G. TORRES




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Daniel Chust Peters

en Lápiz, 144, Madrid, junio 1998

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Galería Carles Poy (Barcelona)

La pieza que Daniel Chust Peters ha presentado en la galería Carles Poy es una especie de caseta de madera como de parque infantil que ocupa buena parte del espacio de la exposición. Se trata en realidad de la reproducción a escala del propio taller del artista, evidentemente con ligeras modificaciones no sólo de tamaño, sino que allí donde en origen hay un muro ahora encontramos unas cuerdas o travesaños a modo de escalera que permiten subirse por la pieza. Es obvio el aspecto de calidez y de habitabilidad: con un simple cambio de uso y escala Daniel Chust Peters hace público el espacio privado.

Quizá no somos muy conscientes de ello o, tal vez, nos falta perspectiva histórica, pero a la vista de las obras de algunos artistas que rondan la treintena podría intuirse que en los últimos años se está produciendo un fenómeno de recalentamiento del arte. No me refiero a que el panorama sea especialmente animado, que podría ser, ni tampoco a que después del cuerpo sea el momento del sexo, sino a una serie de obras que son cálidas, más humanas, más próximas o, a veces, más íntimas. En definitiva, a que el influjo de Baudrillard está desapareciendo. Las teorías del simulacro, de lo más real que lo real, que han afectado al arte desde los ochenta llevándolo hasta estrategias metalingüísticas y, en última instancia, frías han sido sustituidas en algunos artistas por propuestas que abogan por un arte habitable, cálido, sin grandes obstáculos. Lo curioso de este fenómeno es que según se mire puede parecer reaccionario, en tanto que implica un regreso al objeto o aparentemente una cierta facilidad de planteamientos; y sin embargo, esa apariencia simple puede surgir de una fuerte y olvidada reflexión sobre la obra de arte. Una simplicidad moldeada a partir de múltiples capas de lectura y que, finalmente, surge de una verdadera actitud compleja.

En el caso de Daniel Chust Peters podría tratarse sólo de una obra lúdica, de aficionado al maquetismo. Efectivamente sus piezas son un trabajo de bricolage, que precisa horas de pura actividad manual: produciéndose un traspaso de la calidez de fabricación a la calidez de recepción. Lo que sorprende es que un artista dedique tanto tiempo y esfuerzo únicamente a la ejecución de la obra y, sin embargo, el problema plateado retoma una velada cuestión del arte contemporáneo. Quizá se olvida que Marcel Duchamp pasó algo más de nueve años hasta que decidió dejar inacabado el Gran Verre y que preguntado por él decía: "la idea global del Gran Verre es pura y simplemente su ejecución". Daniel Chust Peters se sitúa en la misma órbita conceptual que Bruce Nauman cuando se preguntaba a sí mismo qué hace un artista en su taller y para ello se filmaba dentro, respondiendo así que lo que hace es arte. En ambos casos el propio trabajo en arte se convierte en el sujeto de la obra, del trabajo. La diferencia es que Daniel Chust Peters acaba ofreciendo objetos que de alguna forma es posible compartir y habitar. En última instancia, podría ser que su obra gravitase sobre el vacío o, que ante el límite de Bruce Nauman, haya optado por tomar la resolución de trabajar sobre esa nada. Sólo que al mismo tiempo provoca una reflexión sobre los espacios del arte, sobre lo público y lo privado y sobre la manera de relacionarnos con la obra.

Daniel Chust Peters ha llevado al extremo ese juego entre lo privado y lo público a través de los cambios de tamaño, puesto que aquí en realidad no podemos hablar de una exposición sino de dos. Además de la reproducción a escala de su taller otra pieza conforma la muestra. Se trata de una colaboración con la galería parisina Iago Gallery. Iago Gallery es una galería itinerante, de reducidas dimensiones es un proyecto en el que cada artista que participa reproduce su espacio y por lo tanto sólo existe cada vez que es recreada por un artista en cualquier lugar del mundo. Evidentemente es un proyecto que se adapta con exactitud a las características de la obra de Daniel Chust Peters. Sin embargo en esta ocasión no se ha contentado con reproducir una galería dentro de otra galería, ya de por sí paradójico, sino que ha ofrecido la maqueta de Iago Gallery que él ha realizado para que exponga otro artista. Siguiendo con el mismo juego de equívocos sobre el tamaño, el artista italiano Horatio Goñi ha recreado una especie de Gulliver en el país de Liliput: un Gulliver enorme para la maqueta observa a un liliputiense más adecuado al tamaño de la galería, pero ambos pequeños para nosotros. El problema de esta colaboración con Horatio Goñi es que tal vez Daniel Chust Peters ha arriesgado demasiado y su obra puede verse excesivamente contagiada por la del italiano. La narratividad del trabajo de Horatio Goñi puede llevar a malentendidos sobre la obra de Daniel Chust Peters y el juego de tamaños demasiado explícito del primero restar no sólo cualidades de sutileza e indefinición, sino también de habitabilidad y calidez.


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