Existe un proyecto de Europa, quizá no expresado con contundencia, probablemente más próximo a una idea de Europa que a un proyecto definido, que no pasa por las fronteras geográficas y nacionales convencionales. Es una Europa de grandes regiones, de áreas de influencia, en la que se cruzan los límites de los países y las lenguas oficiales, y en la que determinadas ciudades pugnan por ser la cabeza visible, la punta del iceberg de una gran región transnacional. Esa idea de una Europa de las ciudades, enlazadas entre sí, con sus respectivas áreas de influencia, si bien no es seguro que funcione en los terrenos económico y político, cada día parece más clara su viabilidad en el terreno cultural y, en concreto, en la construcción de una estructura europea de arte contemporáneo. En el litoral mediterráneo, esa pugna por ser la cabeza de una región europea y cultural se dirime entre Valencia, Barcelona y Marsella o, en cualquier caso, las tres ciudades forman una red que podría definir el panorama cultural de una parte de Europa. En la otra orilla de la península, Oporto se afianza como capital del litoral Atlántico. Y en el extremo del marco europeo, Viena es la capital que abraza buena parte de centro Europa y la actividad del panorama de Europa del Este.
La caída del muro de Berlín, los antiguos gobiernos del bloque comunista desmantelados, guerra en los Balcanes, las fronteras europeas abiertas hacia el este: Viena es la ciudad que está ahí dispuesta a recoger y hacerse eco de toda la actividad artística de la Europa del Este, es la ciudad dispuesta a convertirse en capital de una macroregión europea. En 1990, Lorand Hegyi fue nombrado director del Museo de Arte Moderno de Viena y se convertía en uno de los grandes dinamizadores artísticos de la ciudad. Lorand Hegyi, que es de origen húngaro, se ha propuesto revisar desde el Museo de Arte Moderno de Viena buena parte del arte realizado por artistas del antiguo bloque comunista (un ejemplo de ello es la exposición “Arte en Centroeuropa. 1949-1999” que el pasado verano visitó la Fundación Miró de Barcelona) y, al mismo tiempo, intensificar una visión internacional del arte.
Desde 1999, el distrito 1 de Viena es el centro de actividad artística de la ciudad. Allí están instaladas la Wiener Sezesion, la Kunshalle o la Akademie der Nildenden Küste en la que imparte sus clases de comisariado Ute Metta Bauer, una de las personas que forman el parte del equipo para la Documenta XI. La próxima edición de Documenta quiere abrirse en el tiempo y en el espacio, y precisamente Viena será una de sus primeras etapas. Desde Viena, Hans Ulrich Obrist desarrolla su proyecto del Museum in Progress: un museo sin localización fija, que utiliza diferentes medios, desde la intervención en edificios en tránsito de cambiar de función, a publicaciones o proyectos en la web, y en el que han participado múltiples artistas de distintas nacionalidades.
En el distrito 1 de Viena es dónde se han instalado buena parte de las galerías vienesas. Algunas de las cuales participan en ARCO dentro de la sección “Cutting Edge”: por un lado bajo el epígrafe “Open Austria” y, por otro, la selección realizada por Sabine Schaschl “I don’t just drink the wine, I also let it bite me”, que pretende reflejar la actividad de las galerías más comprometidas con la promoción de nuevos artistas.
Entre ellas destacan Krobath & Wimmer; la galería Kunsbuero fundada en 1997 que ha expuesto a jóvenes artistas vieneses y se ha ido especializando en nuevos medios artísticos; la Raum Aktueller Kunst Martin Janda que además de exposiciones se dedica a la organización de otras actividades como conferencias; Mezzanin que trae a ARCO la obra de Lori Hersberger, artista presente en la pasada edición de la Bienal de Venecia con una espectacular instalación en la que recubrió una parte de los canales de la ciudad italiana con alfombras; o la galería Meyer Kainer. Esta galería expone en Arco a dos de los grupos de artistas más interesantes de la escena vienesa: Gelatin y la pareja Plamen Dejanov y Swetlana Heger.
Gelatin es un grupo formado por los artistas Ali Janka (1971), Wolfgang Gantner (1970), Florian Reither (1968) y Tobias Urban (1966). En su obras buscan la implicación del espectador en distintas experiencias. En el PS1 de Nueva York presentaron una instalación que provocaba sensaciones de frío, calor, humedad, transpiración o sequedad. En 1999 presentaron “Human Elevator”: trece hombres forzudos situados en un andamio subían en un instante a los espectadores hasta el tejado de un edificio. Por otra parte, la pareja formada por Plamen Dejanov (1970) y Swetlana Heger (1968) han desarrollado un trabajo artístico lleno de controversia y no exento de provocación. En una exposición convirtieron su espacio en un concesionario de coches de la marca BMW. No era un concesionario ficticio, sino real, con todos los elementos publicitarios y de prestigio que acompañan a la marca proponían la venta real de automóviles, a tal extremo que BMW se ha convertido en su esponsor oficial, allí dónde van hacen publicidad de dicha marca. Ya no es el mundo del arte que utiliza la realidad para hacer de ella un ready-made, es directamente la realidad la que entra en el mundo del arte poniendo en evidencia los mecanismos económicos que subyacen al arte e, increíblemente a estas alturas, cuestionando sus límites. Hablan sin tapujos del dinero, de la publicidad…, y todo ello de la manera más sencilla y radical, conectando el mundo del comercio y los intereses económicos con el arte. El resultado es provocar un cortocircuíto entre ambos, afectarlos y ponerlos en evidencia. En otra de sus obras, o experiencias, ofrecen sus servicios a quién los quiera contratar: desde fregando platos en un hotel, hasta trabajando para crear la imagen corporativa de una empresa. Pero, sus intenciones no acaban ahí, con el dinero ganado compran obras de arte y objetos de diseño que exponen como si fuesen propios. Si la obra de Plamen Dejanov y Swetlana Heger analiza agudamente el mundo de la industria, la economía y el trabajo en relación con el mundo del arte, no nos debe de estrañar su presencia en ARCO.
En Portugal, tras la generación de artistas encabezados por Pedro Cabrita Reis que los años noventa obtuvieron un cierto éxito internacional, ha aparecido una nueva generación de artistas que ronda la treintena y que han encontrado en Oporto una capital artística con una intensa actividad galerística a través de la cual darse a conocer. Galerías como Fernando Santos, Quadrado Azul, Andre Viana, Canvas o Presença y, sobre todo, la Fundación Serralves, dirigida por Vicenç Todolí, han empujado a la ciudad a convertirse en dinamizadora del arte en Portugal tomando el relevo a Lisboa.
Si las galerías portuguesas están principalmente en Oporto, la mayoría de los artistas siguen viviendo en Lisboa. Entre esta nueva generación destacan los trabajos de Baltazar Torres, Joao Louro y Joao Tabarra, dos artistas que trabajan individualmente o juntos formando el grupo Enterteiment & Co., Francisco Queiroz, con una obra cargada de ironía, Joana Vasconcelos o Joao Onofre. Joao Onofre es el más joven de todos ellos, nació en 1976, y su formación artística la ha realizado en el Golssmith College de Londres. Ha trabajado fundamentalmente en vídeo con una serie de proyecciones que cobran una dimensión física. En la reciente Bienal de Pontevedra presentó dos de sus video-proyecciones. En una de ellas una pareja, con smoking él y con vestido de noche ella, caminan enfrentados en un gimnasio sobre dos aparatos de andar, de tal forma que en un loop infinito nunca llegan a encontrarse. Más obsesiva era la otra video-proyección, también en loop, en la que otra pareja, sistemáticamente en un ritmo que se hacía obsesivo, realizaba cada uno una flexión cayendo sobre sus espaldas.
Tanto Oporto como Viena han sabido convertirse en las capitales de una determinada área geográfica europea, para ello han gozado evidentemente de apoyo institucional. Pero sobretodo, en el caso de Oporto y del arte portugués en general, los diferentes agentes artísticos implicados han sabido o, simplemente, han conseguido ofrecer una imagen compacta: la de una generación de artistas de determinado lugar que tienen algo que ofrecer en el contexto internacional. Para ello es necesario ese interés por traspasar las fronteras, unas fronteras harto complejas en caso de Portugal, y trabajar para crear una estructura que se apoye a sí misma, en lugar de buscar a quién se excluye. Esta es, evidentemente, una reflexión que afecta de manera directa al caso español.
Esa capitalidad conseguida en Oporto y Viena es mucho más compleja en la región del Benelux. Otro de los lugares en los que “Cutting Edge” fija su atención en el programa “Flanders, Belgium & Benelux”.
Entre París –una capital cultural y artística que, además, en los últimos años ha recuperado la intensidad de sus actividades en el terreno del arte–, Rotherdam –que este año comparte la capitalidad cultural europea con Oporto y con una intensa actividad artística realizada desde el Witte de Wit, otros centros como TENT y asociaciones de artistas como Kaus Australis– y Alemania, Bélgica y Luxemburgo se encuentran encerradas. O, para decirlo con otras palabras, su actividad artística está fuertemenete condicionada por todo aquello que proviene especialmente del panorama francés y, también, holandés. La galería Erna Hécey ha organizado muestras de Thomas Hirschhorn y representa a Fabrice Hybert y a Uri Tzaig, un artista israelí que ha realizado múltiples exposiciones en Francia. Uri Tzaig es uno de los artistas de Israel más destacados, con un trabajo fundamentalmente en vídeo en el que propone juegos inverosímiles utilizando el deporte como metáfora del funcionamiento de la sociedad actual. La galería Jean Mot expone en ARCO la obra de Dora García, una artista que ha encontrado repercusión desde Holanda. Por otra parte, la gran estrella belga del panorama internacional es Wim Delvoye y sus obras cargadas de ironía. Sin embargo, Wim Delvoye, al igual que Francis Alÿs, que lleva catorce años instalado en Méjico, apenas ha desarrollado su trabajo en Bélgica.
Desde Italia, en los últimos años, una generación de artistas nacidos en los años sesenta está ganando una importante proyección. El caso más desatado es el de Maurizio Cattelan y Vanessa Beecroft, auténticas estrellas internacionales.
Pasado el fenómeno de la Transvanguardia los artistas italianos como los citados Cattelan y Beecroft, u otros como Eva Marisaldi, Mario Airo, Laura Riggeri, Francisco Silverstro, Vedova Mazzei, Gracia Toderi, Federico Pagliarino o Antonio Riello, ya no están preocupados por los aspectos formales de la obra, por la definición formal del arte en un proceso autorreferencial. Al contrario, estos artistas utilizan diversos medios, como la fotografía, el vídeo, la instalación o la performance tomando como preocupación las estructuras sociales, culturales, económicas y políticas en las que vivimos. En sus obras abordan temas que cuestionan nuestras relaciones cotidianas con el mundo.
Los fenómenos más recientes del arte italiano corresponden a dos jóvenes artistas: Francesco Velozzi (1971) y Giuseppe Gabellone (1973). El primero ha realizado una serie de videos en los que relata historias cortas: son pequeños clips en los que ha retomado algunos mitos glamurosos del cine. La principal característica de los videos de Velozzi es que han sido realizados como grandes producciones para las que ha contado con profesionales reputados del cine y la televisión y con antiguas estrellas italianas. Por su parte Giuseppe Gabellone realiza intervenciones en el espacio público, por ejemplo, construyendo una enorme estructura que atrapa a un automóvil, una parte de la acera y de la fachada contigua. Estas estructuras e intervenciones de Gabellone son efímeras y sólo las construye para documentarlas con una fotografía que pasa a ser pieza única.

