La vigencia oculta de la performance




"Terrible paradoja, únicamente puedo explicar aquello que no entiendo, mientras que sólo callar podría permitirme expresar lo poco que sé, las escasas cosas auténticas y reales que he tenido la oportunidad de aprender". Así, tan poético como sincero, finalizaba Manuel Delgado una conferencia en la que trataba de poner en paralelo algunas teorías antropológicas y distintas prácticas de la performance. El rigor es posiblemente un elemento imprescindible para aquellos que trabajamos en arte, pero también lo es la audacia de pensamiento, algo que cada vez se echa más en falta. Por ello no debería de sorprendernos que haya sido un antropólogo quien llamase la atención sobre la performance y que desvelase, con audacia, algunos de sus operadores. En el presente artículo simplemente pretendo desarrollar y aplicar explícitamente al campo del arte, en concreto, a la performance la mecánica intelectual iniciada por Manuel Delgado.


Rituales de sangre, vísceras y sexo

La imagen inmediata que se tiende a asociar la práctica de la performance es la del artista desarrollando un ritual de sangre, vísceras y sexo en directo. Quizá porque algunas de las imágenes más impactantes del arte de este siglo provienen de la performance: Rudolf Schawartzkogler automutilándose o las escenas orgiásticas con animales muertos de Hermann Nitsch. Este tipo de acciones han alimentado el mito y el morbo del espectador de arte, al mismo tiempo que han padecido su descrédito como formas artísticas que apenas traspasan lo anecdótico, afectando a la concepción que se tiene de la performance en términos generales.

Regocijo en la sangre de Carolee Schneeman o las acciones de los vieneses Günter Brus, Otto Mühl, Arnulf Rainer y los citados Hermann Nitsch y Rudolf Schawartzkogler tenían su origen en la idea del ritual y su trasmisión empática. Toda su puesta en escena efectista y dilatada en el tiempo buscaba un tipo de provocación, un choque en el público, que intentaba recomponer frente a la sociedad industrializada el ligamen entre creación, vida, hombre y fuerzas de la naturaleza que supuestamente se dan en el ritual. Manuel Delgado llamaba la atención sobre las implicaciones que ésto conlleva. La eficacia simbólica que en principio pone en marcha una performance ritual se basa en la misma efectividad que la fiesta. Es decir, la fiesta como desorden que legitimiza el orden, por contraste. Un "feed back" positivo, lugar donde se produce un efecto de retroalimentación, en el que la energía sobrante se deja escapar redundando en el equilibrio del sistema. Así, la eficacia provocadora de los accionistas vieneses no sólo se perdería, sino que además beneficiaría al supuesto orden económico-socio-industrial que pretendía combatir. Y todo ello poniendo en práctica, diría que inconscientemente, un substrato teórico de carácter retrógrado, el funcionalismo social.

En estas acciones el ritual era evocado como parte de un inconsciente colectivo que hundía sus raíces en un comportamiento animal ligado a nuestras funciones básicas. Su práctica en el seno de la sociedad moderna pretendía ser una reactualización del tronco común sobre el cual todas las culturas han escenificado sus rituales. En primer lugar, su desplazamiento de un supuesto lugar de origen –las sociedades "exóticas"– le hacía perder toda efectividad simbólica y su posible repercusión empática o catárquica; puesto que aquí estaba desligado del complejo entramado de factores sociales en los que participa el ritual. Por lo tanto pasaba a ser una teatralización, un simulacro de ritual. Y en segundo lugar, esta visión de sangre, vísceras y sexo se asentaba sobre un canon estereotipado y falso de lo que es el ritual en las sociedades exóticas. Resumiendo, se trataría de un simulacro de un estereotipo disfrazado de real. (Un caso más grave sería el de espectáculos como los de "la Fura del Baus": la revisión teatralizada de las brutalidades a las que se sometieron algunos accionistas vieneses; un simulacro de un simulacro.)

Por último y en un plano estrictamente artístico, bajo la capa de lo muy vanguardista por ser provocador, brutal e hiriente, se ocultaban presupuestos anclados en la idea de "obra de arte total": espectáculo plástico, teatral y vital. Su puesta en escena grandilocuente quería solucionar en un golpe de ingenuidad la unión entre arte y vida. El territorio especular y dubitativo en el que se mueve el arte contemporáneo pretendía sustituirse por nuevas afirmaciones rotundas más cercanas a la noción clásica de la obra como unidad cerrada.


Crédito y descrédito de la performance

Pese al estado fallido en sus intenciones y en su soporte teórico, el accionismo vienés ha creado a su vez un estereotipo de aquello que debe ser una performance. Ha dado lugar a una serie de contradicciones sobre el arte de acción: la fundamental sería que la performance implica el desarrollo de un ritual en el que se pretende llegar a la anhelada unión arte-vida, donde posiblemente el artista ponga en peligro su físico. A ello hay que sumar la tradición americana de la performance como espectáculo a medio camino entre lo teatral y la danza; fenómeno parartístico ligado a la cultura underground. Entre ambas convenciones la performance está atrapada impidiendo su definición en un sentido más amplio y quedando relegada a un lugar marginal. En definitiva, ha sido postergada a una situación de descrédito, en la que si es ritual o espectáculo está desprestigiada o no se considera que pertenece al discurso artístico con mayúsculas, y si no es ni lo uno ni lo otro se duda que sea performance.

Su definición como lenguaje artístico es extremamente compleja. Aunque tal vez ésto no debería de preocuparnos: ¿en la actualidad quién está en disposición de definir con exactitud qué es pintura o qué es escultura? Apenas podríamos decir que en la performance el artista pone en escena su discurso plástico o que en ella el cuerpo es la clave de la información visual. Quizá por culpa de este estado de indefinición, por su hibridez y por los prejuicios que he señalado es constantemente ignorada. Sin embargo, muchas de las producciones de artistas contemporáneos tienen un marcado carácter performático, hunden sus raíces en ella o son su fruto.

A finales de los años sesenta Bruce Naumann tenía alquilado un enorme estudio vacío mientras trabajaba para el San Francisco Art Institute. Dentro de ese estudio Naumann simplemente se filmaba a sí mismo tumbado en el suelo o caminando al paso de la oca. Ana Mendieta filmaba partes de su cuerpo –pechos, nalgas, barriga o cara– deformados por un cristal; se semi-enterraba oculta entre unas rocas cubierta de matojos y ramas; o se pegaba la barba de un hombre que previamente había rasurado. Sophie Calle persigue a hombres por la calle; monta una falsa boda; y trama extraños argumentos en los que se implica a sí misma y a otras personas. Jana Sterbak hace piezas destinadas a ser usadas en performances, de alguna forma son dispositivos performáticos: "vestido de carne para una albina anoréxica"; otro vestido del que es imposible librarse mientras unos perros ladran amenazadoramente en "Mujer y perros (defensa)"; o un enorme balancín en el que un bailarín se debate para mantener el equilibrio. Rirkrit Tiravanija realiza instalaciones para que sean performadas por los espectadores: un gran banquete en una galería; los muebles de su casa trasladados a una sala de exposiciones abierta las 24 horas del día, el artista anfitrión y los espectadores invitados; o una serie de instrumentos musicales instalados en un museo para que cualquiera pueda tocarlos o ensayar. La artista francesa Orlan se ha sometido a diferentes operaciones de cirugía estética desde principios de los noventa en su proyecto "la cirugía de la representación".

En estos ejemplos hay un componente performático al que rara vez se alude. Pero tampoco en todos los casos se puede hablar de performance en un sentido estricto, simplemente se evidencia su estado de vigencia oculta. Es cuando menos extraña la tendencia a olvidar o a solucionar de un plumazo los orígenes performáticos de Bruce Naumann y que parezca haber una negativa a hablar de performance en casos tan obvios como el de Jana Sterbak. Aunque también es un error calificar demasiadas actitudes como performances. La ampliación excesiva del término eliminaría su posible especificidad como lenguaje artístico. Considerar performática toda obra que parta de una acción del artista nos llevaría al paroxismo: abarcaría desde la pincelada de Van Gogh hasta la idea de Duchamp. Implicaría su confusión con la noción de proceso. Quizá habría que diferenciar entre aquellas obras que en uno u otro momento hacen uso de la performace, mantienen su origen en ella o son su fruto, y aquellas que son específicamente performances.


Cuerpo y performance

Si hay una serie de trastornos que han podido abonar el descrédito de la performance, no es menor el caos al que puede llevar su defensa irreflexiva. Más allá de la amplitud del término, que en cualquier caso pone de manifiesto la necesidad de una intensa discusión sobre sus implicaciones, un error habitual es considerar performance toda obra que haga uso del cuerpo. Mientras que su definición en tanto que acción o gesto del artista nos podía llevar al paroxismo, su especificidad como lenguaje que hace uso del cuerpo nos conduciría a una situación pareja: la danza y el teatro en términos genéricos, el circo y la pantomima o aquellas acciones en las que el artista se pone en escena y que intuimos pertenecen estrictamente al campo del arte utilizan igualmente el cuerpo. Tampoco se solventa el problema eliminando esas otras opciones creativas de distinta índole y resituándonos en el discurso del arte contemporáneo. Es decir, desde el momento en el que la reflexión sobre el cuerpo se ha convertido en un sujeto básico de muchas producciones artísticas ligar la performance al uso del cuerpo implicaría nuevas confusiones.

El tema fundamental sobre el que ha trabajado Louise Bourgeois es el cuerpo, sin embargo es obvio que su obra no es performática: nunca ha realizado performances y sus piezas pertenecen al territorio, no menos confuso, de la escultura. Sin embargo el problema es más complejo frente a otras producciones que de una u otra forma usan el cuerpo: las filmaciones de Bruce Naumann a las que he aludido, algunas obras de Sophie Calle como "El detective", las piezas performáticas de Jana Sterbak y las operaciones de Orlan.

En un momento crítico de su carrera Bruce Naumann se filmó a sí mismo en su estudio haciendo cosas solo o no haciendo nada. Abandonaba la pintura, el tipo de trabajos que había hecho hasta la fecha, y se planteaba qué hacer como artista a partir de entonces. De alguna forma esas filmaciones son el punto inicial de la obra que Naumann ha venido desarrollando. Aquel estudio enorme y vacío era un punto cero. El punto cero desde el cual reiniciar su obra y el punto cero de todo trabajo artístico. Ante la necesidad de plantearse su nueva situación de artista lo único que podía hacer era deambular por el estudio y filmarse. En definitiva, reafirmarse como artista por el hecho de serlo y, más allá, por una cuestión meramente convencional: un artista en su estudio hace arte, aunque no haga nada. Bruce Naumann en esta serie de obras utilizaba su propio cuerpo, pero en ellas no meditaba sobre el cuerpo. Éste se ponía en escena para realizar una performance de fuertes implicaciones conceptuales: reflexión sobre el rol del artista o lugar extremo donde definir en un ejercicio de reducción, paralelo al urinario de Duchamp, aquello que caracteriza al trabajo artístico. El cuerpo es el nuevo lienzo sobre el que desarrollar su discurso. No habla de sí mismo pero sólo él está presente en una filmación directa, sin montaje ni narrativa, únicamente con función documental.

El jueves 16 de abril de 1981 Sophie Calle se hizo seguir por un detective que a instancias suyas contrató su madre. Mientras Sophie Calle conocía perfectamente que iba a ser espiada y preparaba un día en el que todos sus movimientos iban a ser controlados por alguien, el detective ignoraba la estrategia de su presa. Finalmente la pieza "el detective" se compone del material fotográfico y el dietario detallado de la vigilancia, y un texto de Sophie Calle en el que relata todo aquello que hizo. Es una obra que propone un juego perverso, que habla de la reversibilidad de la mirada y que pone en marcha la falsa dicotomía entre ficción y realidad con la que Sophie Calle alimenta sus trabajos. Como en Bruce Naumann, esta obra utiliza el cuerpo pero no para hablar del cuerpo. Sin embargo, si para Bruce Naumann el cuerpo era el soporte básico sobre el que desarrollar su discurso, en Sophie Calle ese soporte básico podría ser la narratividad o la creación de una trama sobre la que se asienta la obra. Al contrario del caso de Naumann, el cuerpo de Sophie Calle no es el único elemento que forma la obra ni su material: no es el único lugar sobre el que se desarrolla el discurso, es un componente más entre otros. Un componente que le otorga un carácter performático de la misma forma que el dietario del detective y el relato del día de la artista le confiere una característica literaria: no por el hecho de tratarse simplemente del cuerpo de la artista sino porque ella misma se pone en escena, realiza una acción que forma parte de su discurso plástico.

"Mando a distancia" de Jana Sterbak es una falda excesivamente alta de estructura metálica apoyada en tres pequeñas ruedas y con una especie de braguero en la parte superior. Esta pieza adquiere sentido cuando es performada. En ella se sitúa una modelo a la cual, por la altura de la falda, no le llegan los pies al suelo. La performance se inicia cuando la falda y su modelo deambulan por el museo o la sala de exposiciones guiadas mediante un mando a distancia por otra persona; también es posible una segunda parte en la que la misma modelo dirija sus movimientos. De nuevo nos encontramos con el cuerpo puesto en escena, desarrollando una acción y sosteniendo el peso de la obra. Sin embargo, aquí las circunstancias son distintas. Tiene lugar directamente en un espacio museístico, transcurre en un desarrollo temporal que no es único ni irrepetible, ya no se trata del propio cuerpo de la artista y en la acción no sólo él interviene sino también un artilugio que puede funcionar independientemente como obra (apoyado por documentación videográfica, así es mostrado actualmente en el macba). Si en las obras de Bruce Naumann y Sophie Calle, con mayor o menor protagonismo, el cuerpo desarrollaba una acción y era el soporte de determinado discurso artístico que en principio le era ajeno, en "Mando a distancia" esto no sólo es así: además la obra gira en torno al cuerpo, reflexiona sobre él, es objeto y sujeto al mismo tiempo, soporte y metáfora.

Orlan se ha ido operando la cara y el cuerpo adaptándolo a los rasgos de famosas representaciones de mujeres en la historia de la pintura. Todo ello lo ha reflejado en fotografías, videos, trasmisiones en directo y en la edición de CD-Roms. Como en Jana Sterbak el cuerpo es el soporte del trabajo –si bien en este caso sí que se trata del de la propia artista– y también su sujeto, el discurso de la obra. El cuerpo de la artista, es decir, la misma obra ha ido transformándose con el discurrir del tiempo, pero por adicción, añadiendo nuevas operaciones. No hay una durabilidad limitada de la obra; tampoco el cuerpo es un soporte momentáneo de la acción. Tiempo y acción se han expandido; cuerpo y obra son lo mismo. Si la obra es el cuerpo desarrollada en una continua performance, si podríamos ver una coincidencia radical entre obra y performance, encontramos acción y cuerpo pero no un transcurrir efímero en el tiempo. Ese carácter de adicción –una operación detrás de otra– busca acabar en un resultado definitivo, en la obtención de una obra final: la transformación de toda su cara, cuerpo y personalidad. Lo que Orlan nos muestra son los diferentes procesos de ejecución de la obra. Sus fotografías o filmaciones son comparables a las películas de Hans Namuth con Pollock en pleno acto de pintar; sus operaciones son chorreados de pintura, pero no la pintura. Cuando la obra se nos muestre acabada, de la acción o la performance sólo encontraremos sus rastros, sus huellas: sí la falda, pero nunca su deambular; sí un detective, nunca la perseguida; sí un estudio vacío, jamás al artista.


Especificidad de la performance

El cuerpo soporte del discurso, duración en un tiempo limitado y acción, mostrados o expuestos en una presencia real y efímera o documental podrían ser principios que definan la performance, tanto si es el lenguaje explícito de la obra como si tan sólo es uno de sus elementos.

La performance puede hacer uso de diferentes medios para su formalización y puede precisar ciertos objetos o útiles para su ejecución que permanezcan como rastros o huellas de la acción, pero allí donde su especificidad se hace compleja es en su durabilidad limitada, su acontecer en el tiempo: en la acción como un gesto efímero más allá de su fijación documental o su posible repetición y en la convivencia de ejecución, proceso y obra. Desde sus orígenes en Dada o el futurismo la performance infringe un reto a los criterios de juicio sobre arte al mostrar la obra como actitud; es decir, al enfrentarse a la primacía del objeto. Por su bajo coste y su inmediatez la performance ha sido considerada un ámbito indicado para la experimentalidad, una manera de colocarse en la vanguardia de la vanguardia. Sin embargo, es lícito preguntarse si esta última es verdaderamente una característica de la performance o si sucede así porque todavía no hemos sido capaces de establecer unos parámetros críticos para su análisis y porque fuera de las cualidades más o menos objetuales de las obras estamos perdidos, de tal forma que al situarla en un lugar marginal solventamos su problemática con demasiada facilidad.

En primer lugar, la puesta en cuestión de la primacía del objeto manifiesta dos posibles significaciones del verbo consumir: aquello que se consume, se agota o volatiliza, cuya existencia permanece en un tiempo limitado, en el transcurrir; y el acto de consumir, de aprehender algo, de digerirlo y asimilarlo. La performance se ligaría a la primera acepción y en consecuencia contra la segunda. Lo mudable, que varía y se transforma frente a lo estable; lo inacabado, sin explicación total frente a lo finito y explicado. El retorno a territorios de fácil acotación por el revisionismo, en definitiva, el "regreso al orden" de los años ochenta, probablemente aún pervive de manera perversa. Más allá de una crisis que, en principio, obliga al artista a la toma de posiciones especulativas y de orden conceptual, los operandos de la estructura artística continúan alimentándose del objeto de arte –múltiple e incluso inestable– como un valor incuestionable. Aquello que navega fuera del canon de lo que es clasificable y acotable como obra de arte con un valor museístico y expositivo no tiene cabida. De ahí la perversión, en vez de asumir aquello que cuestiona o pone en evidencia el sistema de las artes, se relega a la marginalidad. Pero, ¿además de la primacía del objeto, qué es lo que cuestiona o pone evidencia y por lo que quizá es cierto que en la performance reside un último bastión de provocación?

Eliminados los rastros maximalistas de la performance-ritual y de la performance-espectáculo, desde principios de los años noventa una serie de artistas de Barcelona, Madrid y Valencia principalmente desarrollan parte de su trabajo en la performance. Borja Zabala, Joan Casellas, Nieves Correa o Lluís Alabern, sólo por citar algunos de los más destacados, no forman un grupo homogéneo, pero en conjunto sus performances parten de esa posición especulativa y conceptual que citaba. De una forma más o menos consciente, según los casos, han profundizado sobre la especificidad de la performance como lenguaje plástico: el cuerpo del artista como soporte de la acción, pero marcando distancias radicales frente al teatro al eliminar la actuación en favor del discurso artístico del que es agente; máxima simplicidad de la acción, tomando una consideración mínima de la performance en el gesto o la actitud; y brevedad, extremando la concepción de la performance como hecho con una durabilidad limitada en el tiempo. Este carácter efímero y de máxima simplicidad hace que las obras deriven hacia un extremo hermetismo. Desde estrechos márgenes los significados no circulan por complejos meandros que es preciso seguir, sino que buscan un lugar de explosión del sentido. Su consumo no es fácil, su aprehensión inmediata evita las acotaciones de significación. En definitiva, aquello que se cuestiona son los criterios de rotundidad y contundencia aplicables a las obras.

Aunque sólo sea por su inestabilidad o efimeridad, la performance es un lugar, sin duda no el único, que hace preciso que repasemos cuales son los criterios de juicio cuando estos se basan en nociones como rotundidad o contundencia. Aquí se pone en evidencia una vez más ese juego perverso que facilita el consumo de las obras de arte frente a su consumir. Ante la ineludible importancia de la idea del trabajo artístico como proceso que asume categorías como el inacabamiento de las obras, rotundidad y contundencia no encajan y quedan aliadas a las nociones clásicas de obra de arte. Aquellas nociones que consideraban las obras como una entidad acabada y cerrada cuyos baremos no podían ser otros que los de medida, orden y equilibrio. Antes de desestimar la performance como lenguaje artístico es necesario revisar los criterios sobre los que la ponemos en cuestión, porque quizás sea ella la que los cuestione.

David G. Torres
Barcelona, Marzo 1997.



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