| Antonio Ortega. Sobre animales y cómicos o sobre tú y yo | ||
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Durante algunos meses Antonio Ortega (Barcelona, 1968) estuvo cuidando en su casa una planta que creció dentro de un largo tubo de cartulina. La planta estaba obligada a extender su tallo blanco y atravesar un metro de penumbra en busca de la luz. Cuando por fin esa planta consiguió sobresalir, Antonio Ortega colocó una cámara de vídeo doméstico frente a ella. En un único plano-secuencia, fijo y a tiempo real, aparece la maceta, el largo tubo de cartulina y las escasas hojas que sobresalen; inmediatamente entra en escena Antonio Ortega y despega los puntos de unión de la cartulina, el tubo se deshace, se separa de la planta y la deja libre. En ese mismo instante cae fulminada. El largo tallo que se había desarrollado en busca de la luz es incapaz de sostener el peso de la planta, por ello muere. Fin del vídeo Registro de ahilamiento (1996). No hay nada más; simplemente se muestran unos hechos. El título es meramente descriptivo. Registrar algo es documentar un hecho: en este caso, el ahilamiento de una planta, es decir, el efecto de adelgazamiento que sufre una planta al crecer de manera extremadamente delgada en busca de la luz y que provoca la muerte. Lo que subraya ese título, el vídeo tratado documentalmente y esa especie de intento de exactitud es la voluntad de Antonio Ortega por dotar a sus proyectos de un carácter científico. Cientificidad que dirigida hacia el análisis de las conductas y de los comportamientos. La primavera pasada, para la realización del proyecto Hens in the park (2000-2001) requirió la opinión del secretario de la “Poultry Club Assotiation” de Londres respecto a las posibles condiciones de vida que tendrían las gallinas en un parque público. La respuesta fue tajante: las gallinas no saben comer solas, no resisten el frío, no pueden defenderse de los depredadores y, además, estropean los parterres. A pesar de ello Antonio Ortega soltó algunas gallinas en parques de Londres. En la página web de Hens in the park (www.hensinthepark.com) incita a quien quiera a soltar gallinas en los parques de su ciudad y documenta los lugares en los que él mismo ha soltado algunas gallinas. ¿Por qué no hay gallinas en los parques? Esa pregunta, que se concreta en un hecho aparentemente inocente como dejar libres a algunas gallinas, desencadena una serie de interrogantes menos amables. En primer lugar, nos cuestiona sobre cómo pensamos en los animales, porqué unos son comestibles y otros no o porqué unos son estéticamente apropiados y otros no. Y, sobre todo, soltar gallinas en los parques significa darles libertad, devolver las gallinas a un hipotético estado natural en el que éstas no dependían del hombre. Aquí pueden suceder dos cosas: o bien que, como presupone el fanático amante de las gallinas de la “Poultry Club Assotiation” de Londres, mueran de frío, hambre o devoradas por un zorro: o bien que se adapten. En el primer caso, deberíamos concluir que las gallinas son incapaces de ser libres, de vivir en un medio no protegido y condicionado; en el segundo, deberíamos preguntarnos si han evolucionado hacia una nueva situación o si, más bien, han dado un paso atrás en su evolución, regresando a ese pasado hipotético en el que eran libres. El problema es en quién pensamos al plantearnos que el comportamiento de las gallinas está predeterminado y condicionado; hacia quién dirigimos esa pregunta: ¿hacia las gallinas o hacia nosotros mismos?. No será que de quién hablan esas plantas y esas gallinas, a quién señalan es a nosotros mismos. Si los proyectos de Antonio Ortega se presentan con esa apariencia de frialdad, de austeridad y de intencionado cientifismo es porque su sequedad provoca una intensificación del valor simbólico de la obra: provoca un funcionamiento metafórico. Es el comportamiento humano y animal lo que está en juego: nuestro propio comportamiento determinado frente a la realidad. En Determinación de personaje (2000) los protagonistas son directamente dos individuos. Pero no están ni encerrados, ni se observan sus reacciones al dejarlos desnudos en el bosque. Al contrario, nadie parece salir herido en ese vídeo, de hecho, todo lo que sucede es gracioso. Se trata de la reproducción plano a plano, gesto a gesto y palabra por palabra de un “sketch” televisivo de dos célebres humoristas españoles interpretados por dos personas del mundo del arte en Barcelona. En el “sketch” esos dos humoristas representan una conversación de bar entre dos personajes populares que opinan sobre arte. En clave humorística, un artista y un curador interpretan a dos cómicos que repasan algunos de los problemas fundamentales que afectan al arte. Bajo ese tono jocoso y esa posible interpretación meta-artística, lo que Determinación de personaje pone en evidencia es otro asunto: cómo todos estamos determinados a ser un personaje. No es casual que el artista de estatura más baja interpretase al cómico bajito y que, al contrario, el curador que es más alto de estatura sólo podía representar el papel del cómico alto. Dos personas disfrazadas de cómicos, uno bajo y otro alto, o uno listo y otro tonto, una planta atenazada o unas gallinas... da igual. En todos los casos Antonio Ortega muestra experimentos que manifiestan cómo la realidad física, externa o social, determinan el comportamiento. Esa realidad es simpática mientras sólo trata de altos y bajos y los papeles preasignados que tenemos por ser alto o bajo; mientras trate de gallinas o de plantas. Pero la sonrisa inmediata puede tornarse en rictus de preocupación si vamos más allá e intentamos imaginar a quién le tocaría hacer el papel de listo o de tonto; o de qué vida hablamos al reírnos de la predeterminación de las gallinas a vivir en un entorno seguro y protegido. No es cómodo pensar en cómo pensamos y no es cómodo que una broma sea capaz de colocarnos frente a preguntas límite. La distancia y objetividad que mantienen los proyectos de Antonio Ortega puede volverse muy próxima y adquirir un inquietante primera persona. Tal vez porque apunta allí dónde más incomoda, allí donde las preguntas más simples, por ser las más habituales y por no formularse nunca, son las más difíciles de responder. Volvamos a los animales, en este caso a una cerda y algunos pájaros. Registro de esponsorización (2000) es un proyecto con el cual Antonio Ortega esponsorizó una enorme cerda llamada Lucy. La esponsorización de animales en Gran Bretaña es un acto habitual semejante al de apadrinar un niño del tercer mundo. Con ella se sufragan los gastos de mantenimiento de un animal en una granja. Así la cerda Lucy aparece fotografiada en un entorno ideal, con una amplia parcela con barro, en la que revolcarse, y una caseta. Paralelamente a ese proyecto Antonio Ortega realizó el vídeo Registro de bondad (1999). En él aparece el artista durante doce minutos provocándose vómitos en el lavabo y guardándolos en una lata. Tras ello sale a la entrada de su casa, vuelca el vómito en el suelo y se sienta a esperar. A los pocos instantes aparece una fila de pájaros sobre la valla y sin pensárselo demasiado bajan a comer, a comer los vómitos de Antonio Ortega. Dar de comer vómitos es un acto mezquino, sucio, desagradable y, quizá, un tanto ruin. Sobre todo comparado con ofrecer a una cerda un entorno ideal en una granja; aunque con una verja que cierra sus metros cuadrados de movimiento y seguramente con unos horarios de comida, de un menú indicado para ella. El entorno de Lucy coincide con nuestros anhelos volcados sobre ella, sobre lo que entendemos como entorno doméstico y cómodo para un cerdo. Si la generosidad se mide por el esfuerzo que requiere, por lo que ha costado en términos de dedicación y tiempo empleado, Lucy le ha costado bien poco a Antonio Ortega. Por el contrario, el acto ruin y mezquino de dar de comer vómitos necesitaba quince minutos de esfuerzo y cierto sufrimiento frente a la taza del wáter, más el tiempo de espera hasta que los pájaros llegasen. Comer vómitos no coincide con nuestros anhelos gastronómicos, pero tal vez sí coincide con los de los pájaros; además, no hay verja ni caseta, y Antonio Ortega no ha hecho más que reproducir el sistema habitual que utilizan las madres pájaro para dar de comer a sus polluelos. Resulta que comer vómitos no es algo tan malo y una granja no es un entorno tan ideal; la respuesta moral inicial no funciona y al descubrir la verdad tampoco quedamos demasiado satisfechos. Esa es la posición que buscan las obras de Antonio Ortega, donde se provoca la explosión de una respuesta moral. Lo que importa es precisamente que se genere ese discurso, que se generen esas preguntas. Entonces, conviene recordar que es a nosotros a quienes las dirige y que el verdadero sujeto de sus experiencias es el propio espectador: es él quién juzga y es él quién da como respuesta una respuesta moral. Quién más allá de esa respuesta está obligado a preguntarse el porqué y el cómo de esa respuesta. Si pensar en los otros es pensar en nos-otros, no soy yo el que habla de una planta, unos pájaros, gallinas, cerdos o unos personajes interpretando a unos cómicos, sino que son ellos los que hablan de mí. Hablan de mí, de mi realidad, de mis comportamientos predeterminados. A través de esos falsos protagonistas de sus obras, Antonio Ortega pone en duda cada uno de nuestros comportamientos al retratarlos y preguntarnos por ellos, cuestiona nuestros modos de vida a través de otros y del sentido del humor. Lo que ahí queda reflejado es la definición de una posible actitud de compromiso ético y político en arte, porque a través del potencial simbólico que despliega cumple una de las funciones básicas de la obra de arte: incomodarnos.
David
G. Torres |
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