Salir a la calle y reírse al azar




Somos políticos lo queramos o no. El problema está en todo caso en cómo ser esquivos, en cómo asegurar un margen crítico y comprometido para el arte que no se vea envuelto y absorbido por los argumentos institucionales, de poder o de lo políticamente correcto. Cómo devolver al arte su carácter de extraterritorialidad frente a los discursos dominantes sin caer en lo “alternativo” o lo “underground” (que no es sino una forma más de ser aceptado y catalogado), utilizando la institución y no siendo utilizado por ella. Cómo mostrar nuestro extrañamiento del mundo.

Un mundo que nos es extraño y ajeno, más que nada porque lo construimos como una barrera, como una tapadera en la que quedar a recaudo, como un muro de flores. En la vídeo-proyección de Javier Peñafiel Maltrato, un muro de flores, de grandes pétalos, azules, violetas, naranjas, un panel de belleza sin fisuras, plana, sin connotaciones (sin, por ejemplo, rosas rojas que hablen de pasión), poco a poco, muy lentamente, es disparado. En cada tiro los pétalos salen volando, son perforados o quedan empotrados contra una plancha metálica.

La belleza es la parte visible de todo aquello que atañe a nuestras aspiraciones personales; es el símbolo de la confianza que depositamos en los proyectos estéticos, en la cultura; es la tapa que construimos sobre nuestro estar en el mundo. Y sin embargo, es sometida a un maltrato constante. La vídeo-proyección Maltrato es perversa porque no hay crítica en ese maltrato, sino un cierto regocijo cínico que se ceba en el maltrato. Reclama una lentitud frente a la velocidad de las imágenes, una cierta detención en el tiempo y en su misma crueldad ofrece una imagen de belleza: los pétalos volando lentamente, empotrados contra el muro, el balín perfecto… La obra de Javier Peñafiel no es tremendista, no dramatiza. El panel de flores pone en marcha una metáfora directa que usa la misma trampa de la belleza en la que nos gusta creer, que entra visualmente y visceralmente, para mostrar no el mundo en el que nos gustaría vivir, no una crítica explícita hacia la realidad en la que vivimos, sino el mundo que ya habitamos, que cada día construimos y que de manera cínica nos gusta… nos gusta maltratar.

También André Breton hablaba de disparos al azar, decía que el mayor acto surrealista consiste en salir a la calle armado con una pistola y disparar al azar. Creo que demasiado rápido, demasiado fácilmente y nada inocentemente se ha interpretado la frase de André Breton como una simple “boutade”. Pero las bromas no tienen nada de simple. Lo de Breton es una especie de reverso macarra y terrorista de la angustia de Albert Camus cuando en El mito de Sísifo plantea el suicidio como una opción moral y filosófica seria frente a los ritmos y repeticiones de la vida cotidiana. Ambas opciones tienen en común cierto carácter dramático o tremendo. Sin duda no son integrados y sí un tanto apocalípticos. Entre integrarse en un funcionariado vital y acabar con todo de una vez hay una solución cínica que basa su eficacia vital (y aquí artística) en el sentido del humor. En la compensación de ambos extremos existe una opción de regocijo en el maltrato cínico y burlón de nuestra vida cotidiana. Allí donde Camus planteaba el suicidio como opción moral y filosófica seria deberíamos empezar a pensar en la risa como opción moral y filosófica ¿cínica?.

Maltrato también da título a una banda sonora y a una serie de pancartas de Javier Peñafiel. La banda sonora fue registrada en una sala de grabación, en la que unos actores interpretaban textos de Javier Peñafiel. El resultado es una obra sonora, dialogada, al mismo tiempo teatral, literaria y artística que reproduce los diálogos de seis personajes: “el egolactante”, “el procreador”, “el reciclante”, “maltrato”, “el profesional del maltrato” y “el malabar”. Estos personajes vuelven a aparecer en cada una de las pancartas, hechas de pequeños dibujos ampliados, casi como caricaturas. Entre el diálogo y las caricaturas se establece una relación visual y sonora o literaria que recuerda a un teatro de guiñol o a una especie de tira cómica ralentizada. Los seis personajes protagonistas tienen algo de arquetípico. Forman parte de un estudio sociológico, son retratos esquemáticos de cada uno de nosotros. De hecho en los diálogos aparecen conversaciones absurdas y hasta crueles, y lo desconcertante es que no lo son por ser estrambóticos sino por estar sacados de conversaciones habituales: son trozos absurdos de aquello que decimos, pensamos y ofrecemos de nosotros cada día, en el intento por intelectualizarnos y hacernos sesudos hasta en lo más banal. Hay un profundo sarcasmo en la descontextualización y plasmación en una forma pseudo teatral, literaria y artística de palabras dichas con cotidianidad. La cotidianidad es algo que nos esforzamos en construir, como coraza frente a la realidad y frente a lo social: una coraza de nuestro “yo” que fabrica la personalidad estereotipada con la que nos enfrentamos a las relaciones personales e íntimas. Ahí vuelve a aparecer el maltrato como una prioridad. Maltrato evidente en el sarcasmo con el que cada personaje es descrito en la introducción a su diálogo. Una voz seca, forense, a medio camino entre lo policial, lo psiquiátrico y lo sociológico, determina las características sociales, físicas y personales de cada personaje. El sociólogo-psquiatra-policía realiza un carnet tipo de cada uno, que va más allá del sexo y edad para entrar en la situación personal y reducir cada personaje en una clasificación subjetiva y personal. Hay algo de patético y de ridículo en cada una de sus intervenciones y en también en los diálogos. Provocan una risa traidora que se revuelve contra nosotros, porque en realidad en esos pasajes cotidianos estamos retratados. Es el retrato de los ritmos y repeticiones de nuestra vida cotidiana, de nuestra mezquindad al no querer “muertes en la construcción de mi hogar”, que impone como opción soportable el cinismo.

Antes me refería al acto surrealista de salir a la calle a disparar al azar como algo más que una simple frase, como una posibilidad real. Y no es que fuese demasiado fácil interpretarlo como una simple “boutade” sino que tiene algo de perverso interpretarlo así. Tal vez el proyecto moderno no ha fracasado por sí mismo, sino por los discursos que le hemos aplicado. Esa especie de voluntad por reducirlo todo a una explicación, por quitar hierro a la obra de arte, neutralizarla y reducir su eficacia. Por ello creo en la pertinencia de reconsiderar la frase de André Breton como una posibilidad real, no al pie de la letra pero real. Real en su criminalidad, la criminalidad del acto surrealista y, por extensión, la posible criminalidad del arte. Y sí, la obra Javier Peñafiel es política. Creo y subrayo que lo es porque su reflexión cínica, burlona y evidentemente existencial de nuestra vida cotidiana implica un compromiso político. Porque de qué estabamos hablando sino era de política al pensar en disparar al azar, al mostrar nuestra cotidianidad retratada, al mostrar el maltrato al que nos sometemos en la construcción de nuestro yo externo y el maltrato al que nos sometemos en nuestras relaciones personales. Evidentemente, no tiene nada que ver con lo político entendido en términos convencionales, según las vías históricas, en la política institucional y sí con la “biopolítica” o lo político entendido desde lo personal, en un compromiso íntimo e individual. Conscientes del fracaso político del arte, lo mejor es no jugar a ese juego y actuar desde fuera, en una opción astuta y escurridiza, que es conceptual y política en la misma medida que es personal. Un compromiso que quizá aspira a producir ligeras modificaciones momentáneas en la vida íntima de las personas. El arte como un virus, como un pequeño agente vírico con anhelo de contagio, de provocar algún tipo de crisis en el individuo. Son obras que piensan en una forma distinta de revuelta. Una especie de revuelta que también nos recuerda a Albert Camus cuando en Noces escribe: “Je me révolte, donc nous sommes”.

Frente al compromiso político explícito, frente a su fracaso en arte, Javier Peñafiel actúa desde fuera utilizando como principal arma el sentido del humor. El sarcasmo y la risa son irreductibles a una fórmula, tienen un funcionamiento perverso: surgen de una especie de desdoblamiento del “yo” que se ve a sí mismo siempre presto a revolverse y a mostrar en su propia confesión, en su propio retrato y en el de los demás, un carácter burlón. El efecto de la risa es lento, funciona con cierto retraso, como un virus que contagia (uno a uno) y cuyos síntomas aparecen más tarde. Despliega su crudeza luego, al regresar a casa y descubrir que nuestra risa no se dirigía hacia fuera, sino que es “egolactante”, regresa hacia dentro, vuelve para colocarse en primera persona. El sentido del humor es existencial, la risa funciona víricamente y su eficacia política actúa en lo personal, en lo íntimo, sobre la biopolítica.

Frente a cualquier situación en la que es demasiado fácil caer en las trampas de la política institucional, la broma, la ironía y el asumir la condición extraterritorial del arte, su fracaso político en términos explícitos, manifestando la única posibilidad de revuelta en el interior del individuo y/o en el sentido del humor es una de las pocas soluciones honestas. Quizá porque la burla es una de las escasas opciones entre ser apocalíptico o integrado.

Javier Peñafiel dice que al hablar de política nadie es inocente. Nadie es inocente al neutralizar el potencial comprometido de una obra de arte y tampoco somos inocentes al manifestar que en lo personal, en el sentido del humor, el sarcasmo y el cinismo que lo acompaña, hay una actitud política, decididamente extraterritorial, crítica con la construcción de lo social y con voluntad desestabilizadora en lo personal.


David G. Torres
Barcelona, septiembre 1999.



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