| Sobre cerdos, pájaros, tú y yo |
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Hace
unos días Chrissie Hynde, la líder de The
Pretenders,
fue detenida en Nueva York mientras se manifestaba dentro de una
tienda de la cadena GAP contra las prendas de piel que produce dicha
multinacional de ropa. Según ella y la
organización
para los derechos de los animales que preside, GAP obtiene sus pieles
del sacrificio de vacas en la India. La información tal y
como
se presentaba en televisión tiene sus retruécanos
—y
aquí me interesa esta información precisamente
por
cómo
se presentaba en televisión, en concreto en un telediario de
mediodía. Era inexcusable contextualizar la noticia con la
“anécdota” de que las vacas son un
animal sagrado en la
India (unas imágenes enlatadas mostraban unas vacas enfermas
y
desvalidas en una especie de cobertizo con un indio que las
vareaba…
debía de ser la India, al fin y al cabo el sitio estaba
sucio
y había un indio). La historia de Chrissie Hynde y GAP es
larga, hace tiempo que la artista pugna con la multinacional, y para
ilustrarlo una nueva anécdota: GAP llegó a
ofrecer a
Chrissie Hynde un contrato multimillonario para poder utilizar su
música en campañas publicitarias, a lo que ella
evidentemente se negó. Un poco más y ya acababa
la
historia con una moraleja que venía al hilo de la oferta
multimillonaria por la música de una para la publicidad del
otro. Y es que en el fondo con o sin contrato millonario Chrissie
Hynde ha estado haciendo una buena publicidad para GAP, claro que a
ella también le sirve para ganar minutos de
televisión…
pero ¿y las vacas?, creo que se perdieron al principio de la
noticia.
Porque las vacas son lo que menos importa en esta historia. Son lo que menos importa para los que nos situamos delante de la pantalla del televisor. Y no es que me interese encontrar esas vacas, sino nuestra posición frente a la televisión, preocupados o no, juzgando a unos y a otros. Siempre podemos tranquilizar nuestras conciencias comprando un disco de The Pretenders, no comprando una prenda de piel en GAP o visitando una exposición que denuncie las injusticias cometidas en el tercer mundo. Y es que el ejemplo de GAP bien puede servir para pensar las opciones que le quedan a las obras de arte que buscan un compromiso político explícito. Hay demasiadas trampas mediáticas y publicitarias que recortan su efectividad, de tal forma que en muchas ocasiones acaban actuando como una especie de bálsamo de conciencias para aquellos que ya acuden predispuestos a estar de acuerdo con lo que se denuncia. Si de lo que se trata es de tranquilizar nuestras conciencias a través de la generosidad también podemos apadrinar un cerdo o dar de comer a unos pajaritos. Antonio Ortega ha apadrinado un cerdo, una cerda de nombre Lucy, y una mañana londinense dio de comer a unos pájaros en la entrada de su casa. En Inglaterra se pueden esponsorizar (que vendría a ser nuestro equivalente del apadrinamiento) a diversos animales que con tu ayuda vivirán en una granja con todos los cuidados y comodidades. Eso es lo que hizo Antonio Ortega con Lucy, la apadrinó y regaló dicho apadrinamiento a la institución en la que se realiza su exposición, en este caso la Fundación “La Caixa”. La conciencia de Antonio Ortega queda tranquila y su generosidad salvada a través de la nueva vida que le ha ofrecido a Lucy con la obra “Registro de esponsorización”. Otro día dio de comer a unos pájaros para realizar el vídeo “Registro de bondad”. Durante quince minutos Antonio Ortega encerrado en su lavabo, inclinado hacia la taza del water, se provoca vómitos y los va guardando en una lata. Después de esos minutos de sufrimiento sale a la entrada de su casa —en un ground-floor— y vierte el vómito sobre la tierra. Se sienta y espera. Al poco llegan unos pájaros que se encaraman sobre una valla y tras unos minutos bajan a comer… la comida de Antonio Ortega. Recapitulemos: apadrinar cerdos, vacas en la India, artistas políticamente explícitos, dar de comer a los pájaros, comprar cazadoras de cuero… Sentados de nuevo delante de la televisión: ¿verdaderamente todo ello tiene que ver con quién se beneficia de nuestra generosidad para con los demás, para con las vacas o para con los cerdos? La narración de la historia de GAP y las vacas y la narración de la comida para pájaros de Antonio Ortega y su cerdita Lucy es falsamente inocente e intencionadamente banal para empujar a una respuesta llena de moralina sobre qué es adecuado y qué no lo es. Lo que importa aquí, tras ese discurso tan simple sobre quién se beneficia de qué, es precisamente que se genere tal discurso. Lo que importa aquí es subrayar nuestros prejuicios morales a la hora de juzgar la generosidad de los demás y lo que importa es desentrañar los mecanismos personales que nos inducen a ser caritativos y cómo. De eso tratan estas obras de Antonio Ortega. Se sitúan mucho antes del discurso institucional, mucho antes de juzgar el cómo y el qué se hace por los demás, se sitúan en el mecanismo personal e íntimo del cómo lo pensamos, de los prejuicios para pensarlo, y por ello yo subrayaba esa posición delante de la televisión, esa situación en la que tranquilizamos nuestras conciencias y juzgamos. Dar de comer vómitos a los pájaros puede parecer a primera vista un acto mezquino, sucio, desagradable y, quizá, un tanto ruin. Comparémoslo con ofrecer a una preciosa cerdita un entorno ideal en una granja, con barro en el que revolcarse, con una caseta… también con una verja que cierra sus metros cuadrados de movimiento y seguramente con horarios de comida, de un menú indicado para ella. El entorno de Lucy coincide con nuestros anhelos volcados sobre ella, sobre lo que nosotros en tanto que género humano entendemos como entorno doméstico y cómodo para un cerdo. En fin, para poner un símil cotidiano, no se trata de regalarte lo que tú quieres sino lo que yo quiero regalarte… no tan bueno como lo que quiero para mí pero bastante próximo. En una tradición católica la generosidad también se mide por el esfuerzo que requiere. Es decir, la generosidad se valora por lo que ha costado en términos de dedicación y tiempo empleado y no tanto por el regalo en sí. La manera más basta que se me ocurre para explicarlo es que Lucy le ha costado bien poco a Antonio Ortega, apenas rellenar un papel y el poco dinero que costaba ni siquiera era suyo. Por el contrario, ese acto aparentemente ruin y mezquino de dar de comer vómitos necesitaba quince minutos de esfuerzo y cierto sufrimiento frente a la taza del water, más el tiempo de espera hasta que los pájaros llegasen. Si bien es cierto que comer vómitos probablemente no coincide con nuestros anhelos gastronómicos, tal vez sí coincide con los de los pájaros; tampoco hay verja ni caseta, y Antonio Ortega no ha hecho más que reproducir el modo habitual como las madres pájaro dan de comer a sus polluelos (por no hablar de cómo comen las vacas). Resulta que comer vómitos no es tan malo y una granja no es tan un entorno ideal, la respuesta moral inicial no funcionaba y al descubrir la verdad tampoco quedamos demasiado satisfechos. A ver si es que el sujeto no eran ni el cerdo ni los pájaros, a ver si tal vez el sujeto de las experiencias de Antonio Ortega es el propio espectador. “Registro de bondad” y “Registro de esponsorización” son simplemente un experimento, en el primer caso se trata de un experimento que registra el comportamiento de unas aves, en el segundo el sujeto de ese experimento es el mismo Antonio Ortega apadrinando un animal. Pero, es el espectador el que juzga con unos parámetros y con otros, es él quién da como respuesta una respuesta moral. Y quién más allá de esa respuesta está obligado a preguntarse el porqué y el cómo de esa respuesta. Se trata de una especie de test en el que primero hay que decir sí o no y más tarde explicar el porqué. La palabra “Registro” casi corresponde a una entrada de página en un diario de campo y la actitud de Antonio Ortega es como la de uno de aquellos etnógrafos que acababan hartando al indígena de turno a base de preguntarle el porqué las tiendas son circulares y no cuadradas, porqué se podía casar con su prima materna y no con la paterna o viceversa, porqué no comer cerdo, porqué ayunar… ¿por qué?, ¿por qué?. Porqué la cerdita Lucy es tan entrañable y Antonio Ortega nos parece un tanto guarro dando de comer vómitos, cuando si lo pensamos bien a Lucy se le ha ofrecido una vida bastante ruin y sin embargo Antonio Ortega ha sido bastante generoso; y porqué de los preciosos diez cerditos que tuvo Lucy sólo Alan se ha salvado, ¿qué ha pasado con los otros nueve?, ¿estarán en la India?. Las preguntas que plantea Antonio Ortega, como las que planteaba el etnógrafo pesado, son difíciles de responder y son incómodas no por su complejidad sino por todo lo contrario. El objeto al que se dirigen es nuestro propio comportamiento y allí dónde preguntan es en nuestra propia domesticidad y cotidianidad. “Registro de bondad” es un vídeo exhibido en un monitor de televisión colocado en un entorno intencionadamente doméstico: una alfombra y unos pufs en los que sentirse cómodo para ver unas imágenes que pueden resultar desagradables; doméstico es sentarse en un sofá, pero doméstico también es vomitar. Esa es la posición de delante del televisor que yo quería destacar, porque ahí es donde acontecen nuestras vidas, es donde se delata la lógica de nuestros comportamientos, aquellos que nos retratan. Y no detrás de la pantalla donde GAP, las vacas, el compromiso político explícito y los discursos institucionales quedan tan lejos. El registro de Antonio Ortega es un registro de situaciones y de nuestros comportamientos ante una opción que desequilibra ligeramente la balanza cotidiana; la experiencia registrada consiste en introducir una leve transformación a ver qué pasa. Él mismo declara que su intención es provocar inflexiones en la llanura de lo cotidiano. Son registros en los que lo excepcional aparece un milímetro más acá de lo fútil. En ese milímetro se mueven sus trabajos. Ahí la obra se diluye, su entidad se reblandece y está presta a ser ilocalizable. El interés de bajar tan abajo la obra de arte, llevarla tan a ras de suelo, confundirla con el decurso de la propia vida doméstica como un simple registro de algo, lo que provoca es la intensificación de su coeficiente simbólico. El documento aparentemente anodino y simple retrato de una experiencia realizada por Antonio Ortega tiene la capacidad de desplegarse intensamente en el campo del sentido. Y todo ello tiene que ver con el humor, con el sentido del humor y esa especie de sonrisa cándida que provocan Lucy y los pájaros ingleses: no deja de ser graciosa aunque desagradable la historia de los pájaros y su dieta, y qué decir de la rolliza Lucy con Alan y compañía. Sonrisa cándida provocada por su simplicidad pero… falsamente inocente. Ya nos avisaba Ernst Lubist de que "el verdadero sentido del humor surge de un profundo existencialismo". Vamos a volver a Lucy y su gracioso vástago, Alan: ¿qué tenía Alan que no tuviesen sus otros nueve hermanitos?, ¿por qué Alan podrá ser objeto de nuestra generosidad y los otros nueve posiblemente sean objeto de nuestra dieta?. Es difícil comerse un cerdito que tiene nombre (“Alan con patatas y ciruelas al aroma de estragón”). La historia de los nombres propios tampoco es casual ni inocente. Al hablar del retrato de nuestros comportamientos, al hablar del potencial simbólico de la obra de arte y al hablar del sentido del humor lo estaba haciendo con nombres propios, como el tuyo y el mío. La sonrisa cándida que provoca Lucy o la aparente ingenuidad de dar de comer vómitos puede dejar de tener tanta gracia y provoca un rictus de preocupación si pensamos que la vida de Lucy también es la nuestra, que su entorno doméstico es como el nuestro, que por algunos motivos ocultos Alan resulta más simpático y por eso vive, que comemos lo que somos y somos lo que comemos y que nuestros vómitos pueden ser un manjar para otro. Pensar en los otros es pensar en nos-otros y reírse de los otros es reírse de nos-otros… si es que quedan ganas de reírse después de pensar que no soy yo quien habla de Lucy sino Lucy la que habla de mí. La risa es vírica, Lubist decía que existencial, y una obra de arte no es sólo un objeto cómodo y adecuado para colgar encima del sofá. Andre Bretón declaraba que el arte será convulso o no será. Tal vez mi interés ahora está en decir que ha de provocar algún tipo de convulsión, porque como objeto intelectualizado, recluido sobre sí mismo, no sé qué interés puede mostrarnos, y como objeto mudo que llena los museos tanto esfuerzo me parece baladí. Las obras de arte nos hablan, hablan de nuestras vidas, de nuestros entornos, nos hablan del mundo. Antonio Ortega pone en duda cada uno de nuestros comportamientos al retratarlos y preguntarnos por ellos, cuestiona nuestros modos de vida a través de otros y del sentido del humor, y lo hace desde una actitud de compromiso ético y político… incomodándonos, incomodándonos personalmente. Los discursos institucionales y de corrección política los dejo para otros. David
G. Torres |
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