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Antonio
Ortega |
| La
obra de Antonio Ortega (1968) se caracteriza por
presentar
formalmente y como detonante de posteriores desarrollos elementos del
mundo vegetal y, en ocasiones, animal. De manera inmediata, entronca
con las propuestas del land-art o el Povera; no sólo en su
aspecto más superficial, sino también en algunas
cuestiones de fondo: la importancia de la idea del arte como proceso
o, incluso, del conocimiento como aproximación. No sucede
así
con otras nociones que implicaban estas vanguardias de los sesenta y
primeros setenta: sería el caso de la
desaparición de
la obra o cierto tremendismo conceptual de algunas de aquellas
propuestas. Antonio Ortega impone un distanciamiento irónico
–un carácter común con otros artistas
de su
generación. Esta ironía está cargada
de
escepticismo. En su obra los elementos vivos, plantas generalmente,
son un útil artístico más, no un fin
en sí
mismos y, mucho menos, poseen una finalidad ecológica. En
ocasiones, es una forma de revisar o subvertir en clave
irónica
el funcionamiento del "stablisment" artístico; en
otras, el mundo vegetal es torturado, mostrando en el arte una forma
de conocimiento que recuerda cuando los niños entran el
contacto con el mundo y aprenden de él. Por un lado la
ironía,
y en su reverso la complejidad conceptual y de sentido pero abierta y
explicada, no algo a descifrar, un elemento más en
común
con otros artistas de su generación. Las obras
están
fuertemente connotadas y llenas de referencias, pero no por ello son
"difíciles" sino que se muestran al descubierto, no
ocultan su sentido sino que lo exhiben. La carga significativa gira
alrededor de un espacio ya cerrado pero que no pretende ser
definitivo, quizás por escepticismo o por modestia.
Así,
en una mayor profundidad conceptual podemos interpretar en su obra
una práctica artística que entiende el arte como
actividad, e incluso como juego: un juego de referencias y de
conocimiento que no pretende descubrir grandes verdades pero que
siempre está en proceso.
David
G. Torres |