I have been here before

En 1955 Claude Lévi-Strauss publicó “Tristes trópicos”. Un libro que se apartaba de los sesudos ensayos con los que había trazado las bases de la antropología estructuralista, para explicar sus viajes y plantear esa forma tan sugerente de escritura que se sitúa a medio camino entre el diario confesional, la literatura de viajes y el ensayo. Lévi-Strauss recuerda sus estancias veinte años atrás en la selva del Amazonas, rodeado de una vegetación exuberante y conviviendo y entrometiéndose en la vida de los indios amazónicos. En medio de ese entorno exótico, imagen misma de la alteridad, rememora cuando paseaba por entre la selva y cuando allí, a miles de kilómetros de Francia, a miles de kilómetros de una civilización que voluntariamente había dejado atrás, se sorprende a sí mismo silbando una melodía de Chopin o pensando en la campiña francesa y en otras expresiones convencionales de nuestra civilización. No sólo confirmaba esa premisa antropológica que dice que pensar en los otros es pensar en nos-otros, su silbido era más intenso, tenía que ver con la experiencia, no era poesía, no era un ensayo, es que literalmente estar allí era estar aquí. En medio de este aquí y aquel allí un viaje, más o menos largo, un viaje que de repente es lo único que existe, lo verdaderamente distinto, es el que hace que el allí sea lo mismo que el aquí, sólo que ya nunca podremos verlo igual. Lévi-Strauss concluye que el etnógrafo nunca más en ninguna parte volverá a sentirse como en casa, quedará psicológicamente mutilado.

Viajes o pasillos oscuros que como un bucle nos vuelven a llevar a casa, a una casa que ya no podemos reconocer como propia, pero que, a pesar de ello, al abrir la puerta, seguimos dando los buenos días a aquel que esperábamos. “- Bon dia” no es sólo el título de la exposición de Martí Anson, no es sólo el título de la obra, sino que literalmente es el saludo inicial, la bienvenida a la casa, a una habitación en la que alguien podría vivir, podría sentarse sólo frente al televisor, encender su lámpara de diseño y leer o perder la vista entre una enorme planta y un poster con la reproducción de un cuadro. Esa es la habitación construida por Martí Anson, deshabitada, sola, para alguien que está solo, sin ventanas pero con otra puerta, una salida semejante a aquella por la que habíamos entrado. A esa salida le sigue un largo pasillo, oscuro, cerrado, sin luz, cinco metros de expectativa entre aquella habitación y una nueva salida, una nueva entrada hacia algún lugar. Pero con lo que nos encontramos es con la misma habitación de antes exactamente reproducida y en la misma situación que estábamos al principio: enfrente el mismo sofá, a la izquierda la misma televisión, el mismo cuadro, la misma planta y otra salida, idéntica que también es entrada.

Sólo podemos repetirnos, volver a pensar lo que ya hemos pensado, volver a decir lo ya dicho, en medio ocupamos el tiempo perdiéndonos por unos cuantos meandros, por algún laberinto en el que entramos creyendo que saldremos a un nuevo lugar, descubriendo una vez más que ese era el punto de partida, que tiene los mismos muebles. Estoy hablando de repetirme y de cierta incapacidad para no repetirme, de escribir siempre el mismo texto, de leer siempre el mismo libro o por lo menos de leer todos pensando o reenviándome siempre a los mismos del principio. En ese principio está la antropología, algunos libros de antropología y en concreto alguna historia como la explicada que, como decía Manuel Delgado, es un “lugar bueno para pensar”.

Ese lugar también es el pasillo oscuro entre dos habitaciones idénticas construido por Martí Anson. El pasillo es un lugar de descanso, de esperanza, de aliento, donde esperamos librarnos de lo único que podemos librarnos y que por ser lo único no podemos, encerrados en los ritmos y repeticiones de la vida cotidiana que mencionaba Albert Camus. Esa habitación es demasiado semejante a la nuestra, sus muebles son estereotipos, son los mismos que tenemos, como esa mesa de Ikea que podemos encontrar en la mayoría de casas occidentales. Ahí el anhelo de efectividad en lo político es incidir en lo personal, que como Lévi-Strauss ya no podamos sentirnos como en casa en ninguna parte, que quedemos psicológicamente mutilados por una broma, por una obra sarcástica que rompe nuestras esperanzas de cambio, de encontrar algo distinto. Pero es que las obras de Martí Anson juegan sobre esa penetración lineal en el tiempo y el espacio con la cual rompe todas nuestras expectativas: “Un rellotge parat ens diu dues vegades al dia l’hora exacta” (“Un reloj parado da dos veces al día la hora exacta”)… siempre.

Evidentemente no es casual ni inocente citar a la moderna antropología para hablar de una obra de arte contemporáneo. Cada vez parece más claro que el arte tiene mucho más que ver con la antropología que con la historia, que incluso con la propia historia del arte (lo que implica que como críticos, curadores o teóricos del arte nuestra metodología es más próxima a la antropología que a la historia del arte). Y una vez más en este ciclo, creo que ello tiene que ver precisamente con la aproximación política al arte. Creo que la explicación histórica de las obras de arte tiende a convertir a las obras en poco más que ejemplos ilustrativos y las introduce en una secuencialización que las aparta de lo personal, de lo experiencial y de estar “engages” en el presente. Se trata una vez más de quitar hierro a la obra de arte, de restarle eficacia y mostrarla como algo que en algún momento pudo ser cuestionador y desestabilizador pero que ahora podemos ver relajadamente, con nuestras conciencias tranquilas. No muy distinto de la explicación meramente formal, introduciendo la obra en una hipotética cadena sucesoria de avances hacia no se sabe muy bien donde. En realidad se trata del enfrentamiento entre dos concepciones metodológicas: una diacrónica y otra sincrónica. En una concepción sincrónica desde en las “Meninas” hasta en “- Bon dia” podemos encontrar nuestra imagen reflejada en un espejo cruel que nos obliga a pensar en nuestra situación en el mundo. Pero en el caso de Martí Anson la oposición entre lo diacrónico y lo sincrónico es aún más pertinente, porque aquí no tiene sentido buscar esos eslabones en la cadena histórica para pensar la obra y no tiene sentido la explicación formal, la sincronía no es algo externo al trabajo, sino que está en su interior, es una pieza sincrónica. Frente a la visión lejana, frente a la ilustración, la obra necesita ser experimentada. Es una obra experiencial. Cobra sentido en el paseo del espectador atravesando ese largo pasillo oscuro de cinco metros esperando alguna novedad al final y viendo rotas, en ese final, sus expectativas. Cobra sentido en la experiencia con la obra en un recorrido que este texto al intentar recomponerlo sólo hace que frustrarlo una vez más.

Carlos García Gual en (…), un reciente libro recopilatorio de artículos sobre literatura, decía que leemos para conocer mejor el mundo y a nosotros mismos, que nuestro mundo está hecho de palabras, figuras, imágenes y experiencias y que una parte de ellas viene de nuestras lecturas solitarias y silenciosas. Sí, la lectura literaria es una experiencia personal, una obra de arte también puede ser una experiencia. Su aprehensión no es meramente visual, ni meramente formal, sino que es una experiencia que se lee. Metafóricamente dentro de ese pasillo en el que retengo el aliento y vivo porque no sé lo que vendrá es donde se lee la obra. En el trabajo de Martí Anson todo ese carácter experiencial, incluso visceral y vivencial, está de parte del espectador/actor de la obra, porque por lo demás es fría y distante frente al autor, provocando una especie de equilibrio entre la experiencia real de la pieza y la distancia que ofrece el sentido del humor aplicado sobre uno mismo.

Lévi-Strauss paseaba sólo por la selva amazónica silbando una melodía de Chopin, allí estaba como en su casa al mismo tiempo que percibía que nunca más estaría como en casa, entre una y otra viajaba, caminaba por largos pasillos como el de Martí Anson. Un pasillo que une dos habitaciones iguales, cada una con un solo sofá: es la habitación de una persona sola. “- Bon dia” es el resumen y metáfora experiencial de un viaje, de una vida, que se repite, que pasa de un lugar a otro idéntico al que dejamos atrás. Finalmente, es un lugar de soledad: una habitación en la que sólo puede estar una persona sola.

David G. Torres
Barcelona, noviembre 1999.

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