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Martí
Anson Galería
Toni
Tàpies (Barcelona) |
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Cualquier
manual de arquitectura especifica cuales deben ser las
mínimas
reglas de distribución de una vivienda. Martí
Anson ha
construido un apartamento siguiendo esas normas a la inversa: por la
puerta de entrada se accede directamente al retrete, de ahí
a
la cocina para pasar al dormitorio que comunica con el salón
que, finalmente, da acceso a un pasillo que no lleva a ninguna parte.
“El apartamento”, título de la pieza, es
simplemente un
apartamento mal distribuido. Aunque, evidentemente no es un
apartamento “real”, sino una maqueta construida a
escala 1/1
dentro de la galería: todas las piezas del mobiliario son
falsas, incluidos el váter y la cocina, realizados en madera
lacada, y los muros están ligeramente elevados del suelo. A
pesar de parecer un espacio real, es un simple escenario: un espacio
de tránsito de dimensiones reales, pero que no lo es. Se
trata
más bien de una ficción de realidad a escala
real:
parece que no sea tanto una maqueta ampliada, como que el espectador
a quedado reducido, incorporado a una maqueta: su experiencia es como
la de un falso muñeco animado en una relación
imposible
con lo que le rodea.
En los espacios supuestamente habitables y aparentemente amables que realiza Martí Anson no plantean una crítica arquitectónica o una denuncia social sobre los lugares que habitamos: tienen más que ver con el tiempo y su percepción. Al igual que sucedía en una película de Charlie Chaplin que desmontó y volvió a montar agrupando todas las escenas iguales, en “El apartamento” no sólo hay una mala distribución sino una especie de desmontaje de un hipotético apartamento original: es una especie de puzle o rompecabezas descompuesto, que de alguna manera intentamos recomponer intelectualmente. En muchos de sus trabajos anteriores Martí Anson ya había buscado provocar ese tipo de experiencias dislocadas en el espectador —en pasillos incomunicados, estancias repetidas o acciones suspendidas como en el vídeo “Penalti” que presento en Iconoscope en Montpellier—, ofreciendo todas las claves para una posible actuación o comunicación con la pieza que constantemente se veía frustrada. Esa especie de participación frustrada que propone difícilmente puede encajar bajo términos tan manoseados en arte y tan a la moda como “interactuación” y, al mismo tiempo, abre su trabajo hacia terrenos interpretativos que buscan una cierta puesta en crisis del espectador. David G. Torres |